Recién había cumplido mis diecinueve años, me sentía algo poderoso, no por algo en especial y especifico, solo sentía que nada podía detenerme, que la vida era más que solo dudas y miedos que ante todo pronóstico podría usar como combustible para lograr cualquier cosa que me propusiera. Por esos tiempos, entre mis dieciocho y diecinueve años, me encantaba ahorrar del dinero que me daban mis padres mensualmente y poder ir a comprar grandes cantidades de ropa en oferta, recuerdo claramente que por mi delgadez siempre me fue fácil conseguir ropa para mi en cualquier tienda. Ese día decidí viajar con mi camiseta de rayas horizontales blancas y azules, jeans negros y mi chaqueta negra que tanto adoraba para ese entonces, no importaba el clima que estuviera haciendo, amaba usar esa chaqueta en todo momento y lo mejor de todo es que combinaba con cualquier ropa que usara.
Un hilo de esa chaqueta sobresalía de ella en la parte del antebrazo. Siempre la usaba con las mangas dobladas hasta los codos, en ese momento, ese hilo era mi distracción ante la ansiedad que presentaba en ese momento, una ansiedad linda y que solo me hacía sonreír a cualquier desconocido y desconocida que pasaran por ese pasillo. El techo presentaba bastantes quiebres, casi tantos como las telarañas que colgaban de el, pensaba si era posible que ese edificio tan viejo pudiera caerse y aunque nunca había ocurrido allí algún terremoto o temblor fuerte, al menos durante mi periodo de vida, ese cuestionamiento no dejaba de intrigarme. Esas paredes a las cuales estaba recostado me eran algo familiar pues la pintura estaba dividida en dos, la parte inferior de una pintura a base de aceite color azul cielo, un azul que se mantenía tan limpio e intacto como si hubiera sido pintado ese mismo día, mientras en la parte superior le cubría lo que parece haber sido en algún momento un blanco hueso, habían tantos escritos en ellas que era fácil perderse imaginando cada una de las personas que allí dejaron sus nombres, sus firmas o sus iniciales, era fácil, era muy fácil perderme en aquellas historias que yo mismo inventaba.. Todo tenía un aroma de nostalgia, aún a mis recién diecinueve años ya podía sentir la nostalgia de cuando estaba en primaria y correteaba por los pasillos de mi colegio que estaba pintado (en algún punto de su historia) con los mismos colores y cientos de firmas por doquier.
Los minutos pasaban transformándose en horas, sentado allí con el hilo roto de mi chaqueta en mi mano izquierda, recuerdo haber sentido un hambre feroz y haber pensado si sería posible dejar mi sitio de vigilia para buscar algo que pudiera satisfacer mi estómago. En el piso inferior de ese edificio existía una cafetería o pequeño comedor, el cual recordaba que al subir vi a una mujer bastante joven haciendo unas muy pero muy delgadas empanadas de pollo con una muy marcada expresión de inconformidad, frunciendo el ceño y haciendo ciertos ademanes de no querer estar allí, por lo que si mis cálculos no fallaban ya esas empanadas deberían estar listas y puestas en venta. De mi bolsillo derecho del pantalón saco el que para ese entonces era mi teléfono celular, un BlackBerry Flip color negro, tan odiado y tan amado a la vez por mi mismo. Escribí en BBMessenger “aun no sales de clase? Quisiera llamarte, me avisas al salir”. No sabia si enviarlo o no, sabia que me respondería pero mi duda era si me respondería en el momento o bastante luego. Al final mi estómago ganó la batalla, bajó rápidamente unas escaleras semi circulares que llevaban a vestíbulo principal, a mi lado izquierdo pude ver la cafetería algo sencilla pero que contenía un menú bastante amplio de empanadas. Eran alrededor de las diez de la mañana creo que recordar y todas las mesas estaban ocupadas, sentí como si todos me miraban, como si fuera una bacteria entre las células del cuerpo, todos alerta ante un intruso. Quizás algo nervioso e incómodo vi lo que estaba buscando a la distancia, allí estaban, emanando un vapor que humedecía el cristal, doradas, crocantes y calientes, las empanadas perfectamente doradas cuyos rellenos tenían de pollo, jamón y queso y carne mechada. Levanto mi mano haciendo seña de tres, las cuales me dan en una bolsa de papel y me dicen buen provecho, volteo para ver a la joven que las elaboraba y si, efectivamente seguía con su expresión facial de pocos amigos. Felizmente subo las escaleras y vuelvo a mi puesto de vigilancia, pero justo allí sentado nuevamente sobre el suelo y recostado a la misma columna me doy cuenta que no traje la malta marca regional que había comprado junto con las empanadas. Dinero no sobraba y orgulloso de haber podido realizar dicha maniobra de ir y venir sin que nada hubiera ocurrido que pudiera dañar mi plan de sorpresa decido bajar nuevamente corriendo ágilmente, logro conseguir mi botella de malta la cual justamente tenia en su mano derecha la joven que elaboraba las empanadas haciendo unas señas de que ella la había guardado para mi por si volvía y finalmente logré verla sonreír cuando le di las gracias por entregármela.
Son cerca de las once de la mañana y el cielo se comienza a tornar oscuro, un gris bastante triste, sin embargo era lo único triste que podría percibir pues amaba la lluvia y los cielos nublados. No había ventanas, solo un gran espacio en la pared que posibilitaba observar todo desde ese piso del edificio hacia la calle y el parque central, gota a gota fueron entrando al pasillo por el viento y mi puesto de vigilancia debía urgentemente ser mudado. El único lugar era la pared del aula en cuestión, así que me dirigí hacia allí y nuevamente me recosté sobre el suelo esperando que esa clase terminara lo antes posible.
Aún faltaba cierto tiempo, en mi cabeza rondaba la idea de entrar como servicio de entregas o simplemente entrar y ya; quizás si me hago pasar por alumno nadie dirá nada, pero que alumno entraría a una clase casi finalizando y pasando desapercibido, era absurdo. Tampoco tenia nada que entregar como servicio de delivery.
Mi imaginación volaba al igual que mi ansiedad. La lluvia desde ese lugar se veía majestuosa, casi como de película. De un momento a otro la lluvia parecía un diluvio, sin embargo era joven y no me preocupaba realmente, todo era posible si así lo quería. Extraño esa sensación adolescente de furor y energía, esa credulidad e inocencia que se sentía como una llama en el pecho imposible de apagar o calmar. Sentía como esa misma llama interna podía evaporar esa lluvia que caía desde el cielo turbio, quería comerme el mundo y sentía que podía hacerlo.
Observar mis manos frías y húmedas de sudor me hacían cuestionarme si el estar allí era realmente lo que quería o si estaba bien todo lo que había hecho para llegar hasta ese punto sentado en un pasillo extraño solo para darle una sorpresa a alguien. La duda, una sensación tan coherente pero desagradable invadió por unos cuantos minutos todas las horas, viajes y dinero gastado. Aparecían frente a mi cuestionamientos, uno tras otro, en una fila que parecía interminable. Sin embargo soy interrumpido por un joven de un uniforme algo desgastado y una gorra con el logo del instituto que me dice en una voz contundente y fuerte, si estas esperando a alguien creo que es mejor que lo hagas abajo, aquí te vas a mojar por que cuando empieza a caer la lluvia, créeme, no parará hasta dentro de un muy buen rato.
Doy gracias por ese consejo al asentar mi cabeza y sonreír pero decido no moverme ni un solo milímetro de allí. Después de tanto camino recorrido no retrocederé en lo absoluto. La persona insiste nuevamente pero le comento que estoy bien ahí. ahora me pregunto cuales habrán sido sus motivaciones para acercarse a un desconocido para indicarle donde podía esperar, amabilidad podría ser o es que se había percatado de mi presencia ahí desde hace mucho tiempo, lo que me llevó a pensar en que si esa persona se había percatado de mi jornada de vigilia posiblemente mi sorpresa puede haberse arruinado también, existía la posibilidad de a quien esperaba también me hubiera visto, se hubiera dado cuenta de mi presencia quizas indeseada. Tanto para nada, no sirvo para hacer sorpresas, todo lo que hice no sirvió de nada, eran frases que rondaban mi cabeza una y otra vez.
¡Ding! suena mi teléfono y aparece en la diminuta pantalla de mi teléfono el mensaje de, sigo en clases. Paciencia y hambre eran dos cosas que ya no tenia, comienzo a escribirle a mi hermano menor lo que había hecho y lo que pretendía. Empiezo a escribir el mensaje con un "Hola hermano estoy en Táriba será que podemos vernos, se que esta lloviendo pero seria agradable poder conversar un rato y pasear" pero antes de poder presionar enviar, allí estaba la persona a la que tanto esperé, de pie frente a mi, sorprendiéndome a mi, con un rostro que denotaba angustia, nerviosismo e incomodidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario